LA BÚSQUEDA DE LA REALIDAD del poeta Luis Andrés Figueroa

mayo 7, 2018 § Deja un comentario

Por Julián Gutiérrez

Entrar en lo irreal es una manera de penetrar en el corazón de lo real.
(M. Carrouges)

1
A través del espejismo. Fragmentos de Chile (Altazor, 2014) es la última publicación de Luis Andrés Figueroa (San Felipe, 1960). En ella el autor parece sugerirnos, ya desde su título, el transcurrir de una travesía visual donde lo ilusorio constituye el elemento permanente de un tránsito que tiene a Chile como marco. A primera vista (o lectura), en los 44 relatos, repartidos en 8 unidades, que conforman el libro, el escritor nos presenta –tal como en Al país de Poe, su anterior libro de crónicas publicado en el 2003, también por Altazor–, un sujeto que, en su andar, da cuenta de un decir en el que predomina la función descriptiva por sobre el mero recuento o la sucesión de hechos. Pero esta prevalencia de lo visual, de una mirada figurativa, según mi impresión, no sólo es un rasgo característico de esta entrega, sino de toda la obra creativa de Figueroa. Es por esto que, en este breve recorrido exploratorio, A través del espejismo sea la seña e invitación a un viaje por gran parte del territorio imaginario que Luis Andrés Figueroa ha construido en sus ya más de 25 años de trayectoria literaria.

Comencemos por recordar entonces que, además de los dos libros de crónicas ya mencionados, Luis Andrés Figueroa, como manifestación una escritura forjada a fuerza de un sereno y riguroso oficio, ha publicado también los libros de poesía Velas en el agua (1992), Los secretos (1996), Faros (2004) y Una forma de huella en la arena (2008); además del ineludible: Café invierno. Conversaciones con Ennio Moltedo (2007). En todos ellos, el desplazamiento y la visualidad aparecen como dos constantes complementarias de un ejercicio escritural que no deja de afianzarse, hasta configurar un conocido supuesto fundamental expresado muy bien por Michel Carrouges: No sólo las fotografías se sirven de cámaras oscuras para lograr que nazcan sus imágenes al contacto de un líquido revelador. Los trabajos del espíritu se llevan a cabo también en una cámara oscura interior, donde las imágenes mentales se revelan proyectándose sobre la pantalla de la conciencia.

Para Luis Andrés Figueroa, así como para Jorge Teillier –solo por mencionar a un poeta cercano suyo–, la escritura parece significar el deseo de ir más allá de los límites de la propia realidad. Ejercicio de un tránsito que tiene que ver principalmente con la recuperación de los sentidos: despertar la dormida percepción para superar las fronteras de lo aparente y percibir ese “realismo secreto” que habita nuestro rutinario convencionalismo, a modo de “significados y símbolos ocultos”. El camino es, según señales del mismo poeta de Para un pueblo fantasma, llegar a ser el habitante más lúcido de este mundo y del Otro. La ruta de un atento observador, cronista, transeúnte, simple hermano de los seres y las cosas, pero siempre en el sentido de trascender el “detestable presente” por medio de la imagen. Es decir, escritura como descriptiva de un paisaje visto siempre como un signo que esconde otra realidad: no la reflejada por el espejo, sino aquella que irrumpe del otro lado. Única capaz de sacarnos del letargo de lo aparente, o del enclaustramiento de la vida banal, como advirtieran los románticos, los simbolistas y los surrealistas, al interior de un ya más largo transitar literario. Todos los hombres pueden –si lo desean así– localizar en ellos un dominio interior por donde les sería dado penetrar en el lindero de los mundos surreales. Si ellos están ahora separados de estos mundos, es porque antes estuvieron separados de ellos mismos, cercenados de su propio dominio secreto, nos dice Carrouges a propósito de las convicciones que movilizaron a André Breton. Al respecto, en una entrevista, el propio Figueroa nos confiesa su deseo: “quisiera expresar en una forma poética prosaica una metafísica del “más acá”. Porque en lo más próximo de la vida no dejas de reconocer el milagro”.

2
Velas en el agua, en tanto primer poemario de Luis Andrés Figueroa –compuesto en su mayoría bajo la tradicional forma del verso, aunque algunos adoptan la manera de la prosa–, además de explicitar vínculos con Lou Andreas Salomé, Virginia Woolf, Rainer María Rilke, Lewis Carroll, Ennio Moltedo, Johannes Vermeer, Auguste Rodin y Marc Chagall; sus páginas suelen aglutinar ya la voz de un hablante que se aboca fundamentalmente a la descripción y narración de una exterioridad. Y en donde la apelación a un “tú” es usada para decir-te que “No dejes la magia”:

No dejes la magia.
La luna es la bola de cristal
en las manos de la noche.

El gato duerme al borde de las hojas
y la neblina cubre, como un secreto, la ventana.

A un soplo de vela de la noche
las palabras se apagan
y comparece la realidad dormida.

El mundo construido es uno atravesado por la maravilla, a modo de “halo” sobranatural que puebla los textos: todos pequeños paisajes (o cuadros) con presencias casi fantasmales: “Había niebla más allá de los caminos / y una sombra cerraba sus ventanas”. Como el “secreto” de un ejercicio de escritura, las palabras se orientan en la perspectiva de construir un atisbo, una imagen o la representación de un “algo” que se deja ver como un misterio. Es en esta unión, entre palabra e imagen, poesía y visualidad, donde parece fundarse su poética, pues cuando en uno de sus textos se pregunta: “¿Qué eres, poesía?”, inmediatamente se responde: “Rilke escribiendo en las manos de Rodin”. Y donde lo mágico surge como intento del ojo por hacer converger el mundo de la “realidad” y el de la “fantasía”, en una especie de síntesis que busca cuestionar (nos) la noción de “verdad”, como en el hermoso poema titulado “Mariposa”:

La mariposa (real)
es un pedazo de espejismo.

Dicha labor se agudiza en Los secretos, segundo poemario de Figueroa, donde el sentido sigue siendo la palabra que devela, pero dejando ver con más intensidad el asombro e incertidumbre que ocurre en los ojos de quien ve el fundirse de los mundos, a modo de “Mariposa y luz”:

La mariposa parpadea como la luz.
La luz parpadea como una mariposa.
Los ojos se deslizan y se quiebran
no sabiendo si son ojos
mariposa
o luz.

En Una forma de huella en la arena –poemario que constituye un sentido homenaje a Mario Martínez “muerto junto al mar”–, Luis Andrés Figueroa, además de realizar un recorrido por los territorios de la nostalgia y la muerte, explora las imágenes de las violencias totalitarias como en un intento de ver “La otra cara de la moneda”:

El sello que no vemos
tras la explosión en el frontis.
La sangre en los tapices
y el golpe de palo en el suelo.

Todo un hemisferio
en la otra cara.

O de la “Plaza” de Tian´anmen y su emblemática fotografía:

Como la piedra sola en medio del río
el joven inmóvil con sus bolsas de plástico
desvía la línea de tanques
entrando en la nada.

De esta manera, y tal como lo destaca Daniel Rojas Pachas, el poeta, junto con reflejar espacios de anulación y el horror de las prácticas dictatoriales, intenta mostrar –a modo subversión de la realidad–, alternativas de un “otro lugar” expresadas a través de la mirada del ojo como metáfora de la “utopía del espejo”. Esto es, según Rojas Pachas (citando a Foucault), el “espacio irreal” que se abre virtualmente detrás de la superficie: “Estoy allá, allá donde no estoy, especie de sombra que me devuelve mi propia visibilidad, que me permite mirarme allá donde estoy ausente”.

De aquí entonces que, el señalado predominio de la visualidad, la mirada fotográfica, la memoria “figurativa”, junto con adquirir centralidad en la escritura de Figueroa, nazca casi siempre del trance de una “impresión” imaginada en diálogo con lo literario. Entendido este como uno de los territorios por excelencia de la realidad Otra: la tradición leída y el lenguaje poético. En el caso de Al país de Poe, el autor parece subsumir lo que mira en una honda lectura y donde los hechos que observa aparentan ser parte de una gran novela que se lee y a la que pasan a formar parte autores y personajes de ficción. Es claramente, en este libro, la mirada de un forastero que, desde su extrañeza, se atreve a arrancarle un retrato a ese mundo por el que transita, dejando entrever un comprensible dejo de soledad y melancolía:
[…]
Afuera el mundo pareciera desprender otra historia mientras la luna norteamericana mira olvidada entre los árboles. Una historia d soledad tal vez […]

O como en partes del texto “Sobre caballos y tormentas de verano”:
[…]
La calle es un sueño de mediatarde. Hay jaulas abandonadas en los árboles con las diminutas puertas abiertas, similar a un mundo sin niños. A veces, una regadera tirada en el pasto o una silla de patas quebradas […]

Las múltiples escenas que reúne el texto, configuran una especie de cartografía de la mirada de un viajero que, desde la fisonomía de lo que ve, se adentra en el intento asir, sin la violencia de esta palabra, el sentido profundo del paisaje y su maravilla. La mayor parte de dichas representaciones corresponde a un paisaje en donde pareciera ocultarse el ser humano, al manifestarse bajo el relieve predominante de lo natural y en el que prevalece solo la mirada de quien describe. Y aquí esté, tal vez, toda la humanidad de esta escritura: en la tremenda sensibilidad del ojo que muestra e invita a mirar. Las pocas escenas protagonizadas por seres humanos, parecen sacadas de extrañas películas en las que la soledad y el misterio son condiciones inamovibles. Son ejemplo de esto: la escena del hombre que recoge el excremento de su perro como si fuera aquello “residuos nucleares”, la del niño que juega solo entre luces de neón en una fría navidad, la de un grupo de jóvenes en un pueblo llamado “Valparaiso”, la de un niño que se ve llevado al colegio, la de un expresidiario negro que vende flores, la de los clavadistas; aquella historia que tiene como protagonista a Mr. Bradbury en “We are the martians”, o la dolorosa escena del hombre y su sombra en “King day”… Lo demás, profundas postales de una mirada que transita por distintos lugares de Norteamérica: Saint Louis, Louisiana, Illinois, Chicago, Reno, California, San Francisco, Washington, Nueva Orleans, San Stanislav, Philadelphia, Boston, Nueva York, Manhattan, Nuevo México, Arizona. No se trata de relatos estrictamente testimoniales –en términos de una realidad previa que es transferida directamente a lenguaje o de una experiencia que busca ser comunicada–, sino más bien pareciera corresponder a una escritura que parte de una experiencia latente y que luego pulsa por ser revelada a partir de un profundo sondeo en una memoria rebalsada, y que se va haciendo –poco a poco– conciencia y lenguaje poético. En definitiva, se trata de una escritura que, en tanto experiencia madurada, se transforma en conocimiento poético, lenguaje secreto capaz de develar un mundo atravesado por la magia, sin la ansiedad de una comunicación referencial y directa.

Con A través del espejismo, entonces, Luis Andrés Figueroa confirma su perspectiva visual madurada a partir de cada una de las escenas que el sujeto escritor configura. Todo a modo de “episodios de la vida cotidiana, […] jirones apenas de una realidad que el tiempo o la distancia han desgarrado” como bien señala Gonzalo Gálvez. Quien luego precisa: “Lo suyo es más una fotografía que una película documental, un poema antes que un relato”. En este libro Figueroa, además de recorrer vastos espacios de su propia vida, desde su infancia hasta episodios más actuales, en un desplazarse por lugares geográficos que van desde su natal San Felipe, pasando por rincones de la zona del norte, del sur y del centro de Chile, reafirma también la configuración de –dentro de una manera particular de habitar el mundo– un modo de leer y percibir la realidad. Si bien la memoria personal aparece como principal fuente de aproximación, se trata de una memoria que, a modo de “caja oscura”, tiene la potencia de develarnos detalles de la geografía y la historia de un país entero. Esto porque su perspectiva, junto con ser agudamente individual, es profundamente ciudadana en su capacidad de poner a los lectores en contacto con dimensiones más profundas o no imaginadas de nuestra realidad histórica, como en “Manto”:

Estallaron los hemisferios. Los pájaros volaron de los árboles. Luego depositaron sus sombras gota a gota en un hilo. Y adentro o afuera, la cabeza devastada sobre un oquerón de felpa y alamedas.

El disparo en la boca de la tragedia.

La gota de la memoria cae con sus ojos en la piedra mientas la ceniza remueve sus últimas manos en el Palacio Vacío. El eco de los hawker hunter unido al estampido del champagne comienza su descenso en la sombra sin nombre. La cabeza inclinada sobre el hombro sangrante: el nuevo nudo de la trama. Y el cuerpo es retirado, envuelto en un tejido de sueños.

El simple manto sobre los sueños rotos.

Como podrá darse cuenta el atento lector, su escritura sugiere, no sólo el maravilloso ejercicio de recordar, en el sentido etimológico del término (recordari: “volver a pasar a través del corazón”), sino también, un explorar las posibilidades de la imagen y el lenguaje mismo que sostiene ese pensar-imaginar el pasado que vuelve. De este modo, su escritura hace confluir, en un mismo lenguaje, la inocencia y la ironía, el arte y la técnica, la magia y la ciencia, la fantasía y la realidad, el sinsentido y la irracionalidad, a modo de “Mago”: “¿Qué costaba hacer desaparecer una moneda si luego haría desaparecer a la muchacha”.

Las palabras aquí se unen, como en “Las Pléyades”, a modo de “[u]n puñado de semillas en la tierra oscura de la noche”, siempre con la capacidad de iluminar zonas ocultadas, olvidadas o que están fuera del límite del saber administrado. Esto en el sentido de las posibilidades que surgen a partir de la metáfora del espejo, que tan bien explora el poeta en su estudio titulado Al sur del espejo. Carrol y la invención de la maravilla y el sinsentido en la poesía chilena del siglo XX (UMI: 2000).

3
Finalmente, y más allá de paralelismos con la obra de Lewis Carroll, es posible advertir en la escritura de Luis Andrés Figueroa, la práctica de una mirada o manera de ver liberadora que pulsa por resistir ante las lógicas hostiles y reduccionistas vigentes. Responsables –estas– de la degradación (muerte dirán otros) de lo sustancial y del surgimiento de lo banal, tan presente en la cultura de hoy. Aquella del espectáculo y del consumo. A través de su práctica escritural, el poeta parece enfrentarse al supuesto triunfo, no solo de lo infundado y de lo convencional, sino que también del relativismo valórico y del recorte drástico, a veces cínico, de los anhelos. Contra esa amenaza implicada en el hecho que las cosas se articulen de una determinada forma, o economía, y que se cierre el paso a todo lo que pueda inducir a una detención y constituir un acto transgresor para esa economía. De este modo, la escritura de Figueroa parece convertir en visión poética lo que el dominio vigente 1) no deja ver o 2) no deja constituirse, ya sea esto 3) realidad posible o 4) acontecimiento de vida: epifanía del ser. Pues, tal como advierte Giannini, citando a Pascal, si hay algo amenazante hoy, eso es que: “[Q]uemamos el presente que tenemos (lo efímero) por un poder ser que, en última instancia, se reduce a mero anhelo de poder. Porvenir sin porvenir, sin trascendencia”.
***
REFERENCIAS:
Carrouges, Michel. André Breton y los datos fundamentales del surrealismo. Trad. Ángel Zapata. Madrid: Gens Ediciones, 2008.
Gálvez, Gonzalo. “A través del espejismo y de lo que nosotros encontramos allí: notas sobre un libro de Luis Andrés Figueroa”. Letras en Línea. UAH. 2015. 2 agosto 2016. http://www.letrasenlinea.cl/?p=7077
Giannini, Humberto. “Utopías de lo efímero”. Utopía(s). Seminario Internacional Santiago de Chile, 1993. División de Cultura, Ministerio de Educación, agosto 1993. 59-63.
Pellegrini, Marcelo. Confróntese con la sospecha. Santiago: Editorial Universitaria, 2006. 40-48.
Rojas Pachas, Daniel. “Una forma de huella en la arena: Nostalgia y violencia en la poesía de Luis Andrés Figueroa”. Letras.s5. Proyecto Patrimonio. 2010. 2 agosto 2016. http://letras.s5.com/arp090710.html

Anuncios

LA MIRADA LÚCIDA del poeta Luis Chaves

septiembre 26, 2013 § Deja un comentario

Por Julián GutiérrezImagen

La máquina de hacer niebla (Sevilla, 2012), es el más reciente libro del destacado escritor costarricense, Luis Chaves (San José, 1969). En sus 215 páginas que lo componen, el autor reúne una amplia selección de su poesía publicada durante los últimos quince años. Suceden al prólogo de José María Cumbreño, alrededor de 85 textos correspondientes a sus cinco poemarios editados: Monumentos ecuestres (2011), Asfalto: un road poem (2006), Chan Marshall (2005), Historias polaroid (2000) y Los animales que imaginamos (1997). La mayoría de los poemas, además de transitar entre la forma del verso y la prosa, enfatizan lo narrativo y huyen de toda pretensión lírica; aunque no de la intensidad y del rigor en el uso del lenguaje.     

En una primera lectura, llama la atención el predominio de una perspectiva que se proyecta desde los detalles. Este punto de vista, a partir del cual parece observar siempre el sujeto que transita su obra, se caracteriza por ir de lo más próximo a lo más lejano. Así arranca el viaje de los ojos, a modo (tal vez) de ese profundo compromiso con el entorno más familiar y vital que sus palabras denotan. Allí los espacios del hogar y las cosas que lo pueblan, las situaciones de la vida y los recuerdos: fotografías, escenas y los inevitables detalles por donde se cuela el mundo. Todo esto, en una suerte de asumida ruta de acceso, directo y trasparente, a la “realidad”; la que es mostrada en su desnudez: sin maquillajes, sin estereotipos, sin retoricismo.  

Sin embargo, más allá de esta mirada que trasuntan sus poemas, es posible advertir también el dejo de un dolor: el de la distancia y la separación. Cada página, a pesar de la ironía y el humor presente en ellas, deja percibir cierto tono melancólico: “Cómo será tu casa /…/ tu lugar, qué pensarás” (p.27). En cada objeto o cosa que el poeta esboza, se descubre la intencionalidad de un toque, un contacto: la necesidad de (re)establecer un vínculo. Cada gesto visual constituye una apertura a lo que no está y falta: lo que fue y no será. Como en aquella frase que lucha por aferrarse al concreto, de su poema Grafiti: “aquí te vi por última vez” (p.200).

Y es que, en el fondo, la poesía de Chaves pareciera ser el despliegue de una constatación ineludible: la de un tiempo avasallado por la muerte. Esta es la tragedia que transcurre entre sus palabras; la que, a modo de un “tictac interno”, junto con latir, jala desde su más lúcida conciencia:

[…]

“¿Cuánto falta?

pregunta el niño de la mente

 y la bengala entra, en cámara lenta,

a la noche de estrellas

hasta consumirse.

(p.44).  

En esta escena, pasado, presente y futuro parecen converger como en un movimiento que se disuelve. Pues si bien para Chaves la poesía es “la voz del recuerdo”, también nos advierte que “[a]quí, sin embargo, se habla de futuro” (p.48). Y claro. Es en el horizonte del porvenir donde resuenan y adquieren sentido sus palabras. Es en esta perspectiva que, en el transcurso de su obra, es posible también constatar la intensidad de una voz a la que parece dolerle el futuro; o sufrirlo mucho más que el pasado. Esto tal vez porque, como suele decirse, la muerte (la de un familiar, por ejemplo), no aterra tanto por el hecho mismo, sino por la soledad que desde ella nos aguarda. Al respecto, otro poeta explica: “Nos representamos lo que nos queda por vivir y, empañada todavía por las lágrimas y la incertidumbre, vemos, borrosa en la lejanía, la ruta que nos aguarda, los instantes que desde ahora, desde esta muerte, tendremos que vivir solos, sin la compañía que gozáramos hasta hoy” (Millas 2009:47).

De ahí, posiblemente, la presencia recurrente en los textos de Chaves, de la fotografía y de las pequeñas escenas de vida que esbozan, de un modo casi cinematográfico, diversos relatos. En ellos el poeta da cuenta que: 1) “las cosas no mejoran con el tiempo” (p.155) y 2) la sonrisa (o la felicidad)  “dura lo mismo/ que ese instante mínimo/ entre el flash y el obturador” (p.156).    

Respecto a las fotografías, y recurriendo (inevitablemente) a Barthes, se puede decir que simbolizan el ocultamiento de la muerte, el tiempo interrumpido y el testimonio de lo que fue. Late en ellas, por lo tanto, un intento de conservar la vida y luchar contra la muerte. La vista es su condición previa y la memoria, su condición posterior. Las fotografías, que en Chaves casi siempre son “Fotos mal centradas”, constituyen recuerdos en los que, además de mantener la perspectiva del detalle como criterio clave de su discurso (un zoom constante), punzan, como testimonio inevitable, el dolor de lo imposible: lo abolido, lo que no podrá ser:

En la vieja billetera moldeada por la nalga, la fotografía de épocas mejores. Los dos en un parque de otro país. La foto en la que para siempre ella mirará, no a él, que la abraza, sino al desconocido que la tomó  (p.80).

En cuanto a las escenas presentes en los textos, todas ellas corresponden a pequeñas historias en las que, similar a lo que realiza Carlos Sorín en el cine, los detalles adquieren relevancia. Constituyen, en su mayoría, historias mínimas cruzadas por el tema del viaje, y a  través del cual, el sujeto lucha inevitablemente con la distancia que impone el tránsito de la vida misma y la precariedad de nuestra condición humana: siempre permeada por el sentimiento de la pérdida y la (im)posibilidad de lo que se espera, como en Propuesta para escena de videoclip:

[…]

La oscuridad se hace lugar entre nosotros,

tan densa y pesada,

que sentimos viajar cada uno solo.

Con tu izquierda buscás una canción en la radio,

yo solo miro la autopista

creada metro a metro por los focos.

(p.167)

Como se podrá dar cuenta el atento lector, en la poesía de Luis Chaves se despliega el escrutinio del tiempo (nuestro tiempo) y la expresión de una conciencia lúcida que, por medio de una estrategia alejada de toda pretensión metafísica, deja entrever -además de una percepción nostálgica del futuro-, la única constatación posible de la historia, esto es (trocando una expresión de Raúl Zurita): que no hemos sido [del todo] felices. 

REFERENCIAS:

Millas, Jorge (2009). Idea de la individualidad. Santiago de Chile: Ediciones Universidad Diego Portales.

Barthes, Roland (1989). La cámara lúcida. Nota sobre la fotografía (trad. de Joaquim Salas). Barcelona: Paidós Ediciones.   

Historias mínimas [película]. Dir. Carlos Sorín. Argentina, 2002. 

Zurita, Raúl (2006). Los poemas muertos. Tlalpan, México: Ácrono y Umbral Ediciones.

 

LA VOLUNTAD DE DECIR del poeta Lorenzo Peirano

agosto 13, 2013 § Deja un comentario

(Quisiera haber dicho, de Lorenzo Peirano.

Santiago: La Calabaza del Diablo, 2010).lp230811

Por Julián Gutiérrez

Lorenzo Peirano es uno de los poetas importantes de la literatura chilena actual. A pesar de su asumida marginalidad, la calidad literaria de su obra lo convierten en nombre clave de la denominada promoción Post-87: segmento generacional que, según Gonzalo Millán, estaría conformado por autores que nacen en la década del sesenta, tienen su formación durante la dictadura militar y comienzan a publicar a fines de los 80.

Peirano nace el año 1962 en Santiago. Sus inicios literarios se remontan al 1982, cuando participa en un taller de la Sociedad de Escritores de Chile, dirigido por Enrique Valdés –destacado poeta, narrador y académico chileno-, contexto en el que conoce al poeta Mauricio Ramírez. Luego, entre 1984 y 1985, edita la hoja de poesía El Bastardo, medio en donde publica traducciones de Jorge Teillier y poemas de Rolando Cárdenas y Aristóteles España, escritores con los cuales desarrolla un importante vínculo de amistad. Señal de este vínculo son los primeros versos de un poema escrito por Teillier en 1990: “El poeta Lorenzo Peirano llega desde Coinco / a la calle Esperanza, luego, respirando / callejones, pasa por Libertad y me envía a La / Ligua un telegrama: “murió Cárdenas”.

Su irrupción literaria ocurre 1990, con la publicación de su primer poemario titulado Respirando Callejones (Ediciones Literatura Alternativa). Sobre esta obra, Ramón Díaz Eterovic, además de celebrar el oficio, las lecturas y la visión de mundo del autor,  escribe: “La miseria, el descontento y la muerte son temas recurrentes en la poesía de Lorenzo Peirano. Desde una búsqueda interior su voz se transforma en una recreación del medio que lo rodea, y se hace protesta, reencuentro con el pasado, explicación para una existencia que nos tiene atónitos y desamparados”. Por su parte, Manuel Francisco Mesa Seco, destaca la fuerza y profundidad de la obra, la que define como desafiante: “un buen testimonio de una poesía anhelante que rompe con lo establecido”.  Más tarde, en 1995, Peirano publica El solitario de mis naipes (Mosquito Editores). Sobre este libro, el poeta Alexis Figueroa subraya la actitud de “finitud y trascendencia” presente en los textos. Mientras que Antonio Salgado pone su atención en el lenguaje “concentrado”, “casi sin adjetivación ni referencias analógicas”: poesía que parece nacer “del centro de su existir, marcado por preocupaciones religiosas, la proximidad de la muerte y la tarea de vivir sin restarse a lo que sucede a su alrededor”, añade.

Respecto a su última publicación, Quisiera haber dicho (La Calabaza del Diablo, 2010), poemas escritos entre 1995 y 2009, Luis Martínez afirma: “Los poemas de Peirano desfilan en una atmósfera de pesadumbre y soledad. La muerte es una sombra que irrumpe su presencia inevitable en la memoria, en la pérdida materna, el recuerdo de los amigos idos, los paisajes ya olvidados, la muerte que no acoge posibilidades de redención y que marca las palabras con una dolorosa resignación”.  Y claro, en el transcurso de las 53 páginas que componen este libro, Peirano parece manifestar, desde un principio, una voluntad de decir construida a partir de la escucha auténtica. Aquella que, desde lo cotidiano, capta la ausencia y la desolación humana: “Calor de diciembre / en esta ausencia, /en esta inquietud de huesos / y tristeza.” En sus versos, Peirano nos presenta a un sujeto que transita como interrogando la muerte y el misterio del existir mismo, en una condición de precariedad que le relega al silencio y la incertidumbre: “A veces / desconozco mi ayer, a veces / ignoro quién soy”. Todo esto a través de un lenguaje y estética que se apartan de lo pretencioso y de la grandilocuencia. Esto, en el entendido de una escritura que, como él mismo nos ha dicho en una entrevista, busca indagar “en las atmósferas y en los sentimientos que conforman este mundo y aquel mundo”.

En la obra de Lorenzo Peirano, si bien resuenan ecos de otras voces -como las de Teillier, Cárdenas, Vallejo, Machado, Montale y Trakl-, no hay evidencias de “préstamos”, sino la voluntad de una expresión y de un lenguaje propio. Su decir es lúcido y riguroso, sugiere conciencia y situaciones humanas capaces de revelar el arraigo de un yo a la condición de una existencia que, a pesar de su precariedad, deja entrever comunión y  misterio: “Quisiera haber dicho: / Todas las canciones de amor / se detienen en ella. / Pero un viento de otro tiempo / (ni pasado, ni futuro) / decide mis palabras”.

LAS HISTORIAS ESCRITAS EN PAPEL DE FUMAR de Francisco Véjar

agosto 8, 2012 § Deja un comentario

(Los Inesperados, de Francisco Véjar.
Santiago: Tajamar Editores, 2009.)

Por Julián Gutiérrez

El auge de la crónica en nuestros días, no solo parece ser el síntoma de la confirmación del “boon del testimonio” y la “crisis de la representación”; sino también, la manifestación explícita de una voluntad que intenta hacerse cargo de los desafíos del arte moderno. Esto es: buscar aprehender lo eterno desde lo transitorio, hacer visible lo invisible, construir la memoria común y establecer los vínculos entre pasado y presente. Con su carácter trasgresor y subversivo, la crónica incuba un componente social y político íntimamente ligado a los propósitos señalados. La forma híbrida y fragmentada de su discurso, supone la existencia multicultural y fracturada de la vida social, así como una abierta intención de transgredir lo establecido. Esto, al descreer de la posibilidad de una escritura “total” y al situarse en una especie de transdiscursividad capaz de aunar los impulsos del ensayo y del testimonio, de la crítica y de la ficción, de la literatura y del periodismo. Además, al expresar el testimonio de una “verdad silenciada”, el cronista se sustenta en contra del poder y de los ocultamientos que la historia oficial promueve.

Francisco Véjar, en su libro Los inesperados (Tajamar Editores, 2009), presenta 15 crónicas construidas a partir de lo que él mismo denomina, sus “andanzas literarias”. Experiencia de veinte años que le ha permitido ser testigo privilegiado de la vida y obra de cada uno de los 14 autores a los que se refiere. Ellos son: Claudio Giaconi, Armando Uribe, Enrique Volpe, Rolando Cárdenas, Efraín Barquero, Nicanor Parra, Miguel Serrano, Antonio Avaria, Enrique Lafourcade, Pedro Lastra, Carlos Olivares, Raúl Ruiz, Germán Arestizabal y Jorge Teillier. Cada uno de estos creadores lleva la impronta de la urbe y de la experiencia corrosiva de la modernidad. De allí que sus retratos adquieran un tinte de recuperación y resistencia, frente a la fugacidad y el  olvido. Aquí, el ojo del cronista se esmera en  aprehender y dejar ver la transitoriedad de la vida y la angustia de existir, en una época en que aún se podía percibir el valor de los sueños.

Con una prosa hábil y directa, Véjar logra transmitir una mirada personal e íntima, capaz de develar, no sin dejos de nostalgia, pasajes desconocidos de la vida de escritores entrañables. Entre ellos, las extremadas vicisitudes de Claudio Giaconi; la desamparada muerte de Rolando Cárdenas Vera;  la incomodidad y silencio de Efraín Barquero; la controvertida figura de Miguel Serrano; las inestabilidades materiales de Antonio Avaria; y la omnipresencia de Jorge Teillier, figura que cruza el libro de principio a fin. Todos escritores a quienes les une una integridad a toda prueba, producto de un encomiable compromiso ético y consecuencia ideológica, difícil hoy de encontrar. En este sentido, las crónicas de Los Inesperados, no solo constituyen un registro de la vida cotidiana del Chile de fines del siglo XX; sino que, frente al olvido, son un necesario testimonio de un pasado ausente, o de una carencia necesaria de leer y tener presente, aunque sea como un deseo frustrado de realización en medio de la ignominia actual. Francisco Véjar, en este su último libro, sigue fiel a la idea de convertirse en guardián de lo permanente, manteniendo abiertos los canales de comunicación entre los hombres y su pasado, de modo que nuestras vidas no pierdan el vínculo con lo más profundo de nuestra tradición humana. Todo un acto de justicia frente al olvido, para que nada (ni nadie) se pierda.

POESIA DE FIN DE SIGLO, Antología 80-2000

agosto 7, 2012 § Deja un comentario

Imagen(Antología de poesía chilena periodo 80-2000. Santiago: Mago, 2005.)

Por Julián Gutiérrez

Más que un catálogo de textos o colección de autores, toda antología busca constituirse en obra facultada para realizar un corte (lo menos sangriento) en la historia de una literatura. Por eso se le exige ser una entidad discursiva coherente, fundada en lineamientos ideológicos y didácticos, y con capacidad de ampliar o reafirmar el canon literario.

Antología de poesía chilena periodo 80 – 2000, asume el riesgo. A través de una edición de 118 páginas y de cuidado diseño, nos entrega una muestra poética que representa el transcurrir de dos décadas y un campo diverso de 16 voces ramificadas en la frondosidad del árbol poético chileno. Los autores incluidos corresponden a: Mario Meléndez (Linares, 1971); Francisco Véjar (Viña del Mar, 1967); Mercedes Gamboa (Santiago, 1967); Boris Durandeau (Santiago, 1967); Armando Roa (Santiago, 1966); Sergio Ojeda (Puerto Natales, 1965); Pavella Coppola (Santiago, 1963); Bernardo Chandía (Santiago, 1965 – 2001); Sergio Rodríguez (Santiago, 1963); Victor Hugo Cárdenas (Castro, 1962); Cecilia Palma (Santiago, 1962); Isabel Gómez (Curicó, 1959); Juvenal Ayala (Iquique, 1959); Reynaldo Lacámara (Santiago, 1956); Amante Eledín (Santiago, 1956); Arturo Volantines (Copiapó, 1955).

La mirada implícita que estructura la muestra se concentra en la producción poética que transcurre y se despliega a lo largo de casi todo Chile durante las dos últimas décadas del siglo XX. Poesía que emerge y se desarrolla entre el ocaso de la dictadura y las postrimerías de la transición democrática. Por ser esta una época de dispersión, no hay en esta obra la presencia fisonómica de una generación o corriente literaria, sino más bien “un recuento de estilos y corrientes que cada década fue sumando a su causa” (p.5). De los autores aquí incorporados, destaca la expresión directa e insólita de Mario Meléndez; el escepticismo y el oficio ecléctico de Armando Roa Vial; el brío crítico y punzante de Bernardo Chandía; el acento testimonial y conmovido de Sergio Rodríguez; la voz íntima y conceptual de Isabel Gómez; y el decir arraigado y sorpresivo de Arturo Volantines.

Más allá de polémicas, consecuencia del acto de selección que arroja importantes exclusiones, esta antología tiene el valor de mostrar un pedazo de nuestro vasto y diverso país, anclado en la complejidad de su historia finisecular. Sus páginas reflejan una concurrencia de voces entramadas que describen una región y dan cuenta de una zona de nuestra república poética. Cada autor aquí representa un sentir y una mirada, una dicción que engendra y aglutina conciencia, atraviesa nuestra memoria y se detiene en la “esquina del dolor” para decirnos (a los que estamos y a los que se han ido): “la poesía / era nuestra existencia, / buscar un mundo utópico / con los ojos y la piel entregados / al ocio de los sentidos / y eso lo hicimos amando al mundo…” (p.62)

¿Dónde estoy?

Actualmente estás explorando la categoría Uncategorized en apunte12.